La despreocupada vida en prisión — Capítulo 4

El duque comprende la situación

Mientras los jóvenes disfrutaban de la fiesta en palacio, al duque le llegó la preocupante noticia: el príncipe había cancelado el compromiso con su hija, Rachel.

Era tan sorprendente como inesperado y el caos se desató en la mansión. Todos sus habitantes le buscaban esperando respuestas, que no podría dar hasta comprender él mismo la situación. Por el momento, se dedicaba a reunir las piezas del complejo puzle que tenía en sus manos. 

Sentado en su despacho, esperaba la llegada de sus subordinados con malas noticias.

—¿Es cierto que el príncipe rompió el compromiso con Rachel?

—Sí, varias fuentes lo confirman. En mitad de la fiesta la retuvieron y se la llevaron. 

—Ese imbécil… — le comenzaba a doler la cabeza—. Me pregunto si quería ese tipo de «propaganda» sensacionalista… no era el momento ni el lugar, tan indiscreto. Nunca fue demasiado listo, pero ¡era una cuestión de sentido común!

Ya asumió que la reputación del príncipe estaría por los suelos, romper el compromiso de esa forma, además de transgredir tantas viejas costumbres… Hiciera lo que hiciera sólo empeoraría la situación.

Estaba furioso, se atrevió a romper el compromiso con su preciada hija, de un modo tan absurdamente ultrajante que le irritaba sobremanera, e incapaz de reprimir sus emociones terminó golpeando su escritorio con fuerza. 

Pero, había algo más apremiante en su mente. 

—¡Sabía que ese desgraciado no tenía nada en la cabeza, pero jamás pensé que se atrevería a despertar a la bestia!

❀○❀○❀

La primogénita del duque, Rachel, era una niña tímida y gentil. De aspecto frágil y comportamiento modesto, que se ganaba la aprobación y los halagos de cuantos la conocían, sin embargo, no sabían lo mucho que se equivocaban. 

A medida que creció y fue desarrollando su astuta personalidad, las sonrisas de sus padres se fueron apagando.

Su comportamiento era malo; cuando un grupo de niños trató de acosarla, se subió a un árbol, aún con su pesado vestido, y les tiró una colmena encima. Cuando otros niños mayores trataron de ayudarlos, les golpeó con un palo largo y, además, se vengó del instigador del grupo tirándolo al estanque.

Cuando el duque oyó los gritos y corrió al jardín, se encontró con su hija tirándole piedras al crío del estanque cada vez que asomaba la cabeza para respirar. Impactado, trató de detenerla pero ella le miró con una expresión muy seria para su edad.

—Está bien, no te preocupes. Si tiro las piedras con suficiente rapidez puedo evitar que vuelva a la superficie a respirar—. En ese instante, comprendió que su hija tenía un problema.

Se dedicó a señalarle lo difícil que era que el niño se hundiera en el estanque por tirarle piedras. Se tomó su tiempo para explicarle cómo funcionaba la tensión superficial del agua y la imprecisión de sus lanzamientos debida a la forma irregular de las rocas. Se esforzó mucho en educarla y siempre que surgían dudas o tenía un comportamiento impropio, le indicaba el fallo con una paciencia infinita; y ese día no era la excepción, pero pese a su aspecto sereno, por dentro Dan estaba aterrado.

—¡Tal y como se esperaría de mi padre! —Sus ojos se iluminaron mientras lo alababa; era la primera vez en su vida que el elogio de su hija le dejaba frío.

Su mujer y él se esforzaron sobremanera por enderezar esa retorcida personalidad, y se convirtió en una muchacha madura y bella. Acataba las reglas morales de la sociedad, sus modales iban acorde a su posición y la convencieron para que siguiera unas «normas de vida», para que el juego fuese justo para todos. Sin embargo, eran conscientes de que se trataba de una bomba de relojería. 

Hicieron mucho hincapié en su educación, le inculcaron la ética de la nobleza esperando que nunca ocurriera nada que la sacara de esas normas. Pero, la ruptura del compromiso hizo añicos su esperanza.

❀○❀○❀

El duque no podía dejar de maldecir al estúpido príncipe; ni siquiera sabía lo que había desatado.

Otro mayordomo entró en la sala. Y a juzgar por su aspecto: acalorado y casi sin aliento, traía importantes noticias.

—¡Tenemos noticias!

—¿¡Qué ocurrió!? — la paciencia del hombre había llegado a su límite, y el mayordomo palideció, consciente de ser el mensajero.

—Ehm, la situación es un tanto, ¿inusual? Su excelencia no condenó a la señorita, pero como ella se negó a pedir disculpas por una ofensa que, aparentemente, causó, la encarcelaron en las mazmorras. 

El duque se quedó petrificado y cayó como un fardo sobre su silla.  

—E, entonces… Su excelencia está bien—. Le costó articular las palabras debido a la conmoción.

—Sí. —El mayordomo asintió; conocía perfectamente el problemático carácter de la señorita. 

En realidad, la actuación de su hija no aliviaba su malestar, pero no tenía más opción que dejarla ser. Su expresión se suavizó, buscó su pipa de tabaco y la cargó, consciente de que no podía hacer nada más.

Tomó una larga calada, saboreando el humo del tabaco, y se sintió más relajado, hasta que recordó un pequeño detalle.

—Si todo esto pasó en el banquete, George también estaba allí. ¿Qué hizo él al respecto?

Sus dos hijos estaban relacionados con el príncipe: Rachel era su prometida y George su amigo de confianza. Si le hubiera contado lo que éste tramaba, podría haber suavizado el golpe.

—Al parecer… — el pobre hombre estaba tan nervioso como antes, no quería ser portavoz de más desafortunadas noticias—. El joven maestro también se había encaprichado con la hija del barón, por lo que se alió con su alteza para condenar a la señorita.

Ninguno se atrevió a mirar al otro; contemplaban los ornamentos del techo con fingido interés.

—George… es hombre muerto.

—Sí.

—Ese idiota ya lleva dieciséis años con su hermana mayor. ¿Por qué no aprende?

Había pasado tiempo desde la última insensatez de Rachel, pero de todos modos ¿en qué estaba pensando? No iba a salvarlo de la furia de su hija, se lo había buscado él solito y no quería que le salpicara. Además, le irritaba sobremanera que la estupidez de su hijo destruyera sus años de arduo trabajo.

En su momento de meditación, disfrutando de las caladas de tabaco, escuchó unos rápidos pasos que se acercaban por el pasillo.

—¡Oh, Dan! —Rompiendo el silencio, su esposa se precipitó en la sala.

—¡Iseria!

La mujer se abalanzó, sollozando, sobre su esposo que se acababa de levantar de la silla.

—Rachel… ¡Mi Rachel está…!

—Lo sé, lo sé. Acabo de oirlo. No debemos perder la calma.

—¡Pero si…!—gritó, enojada, entre lamentos—. ¡Sabes que no aceptará ese destino! ¡Matará a todos los que estén allí! ¡Nuestro futuro y el de su majestad están acabados!

—No te precipites, Rachel ya tiene diecisiete años, no es una niña. Ahora puede juzgar y tomar decisiones como un adulto. — Intentaba consolar a su esposa, con palabras que ni siquiera él creía, pero logró aliviarla, un poco. 

—Dan, no lo entiendes… ¡No sabes cómo me sentí cuando la oí cantando el poema de Lizzie Borden1, mientras jugueteaba con el hacha!

—¡Cálmate, Iseria! No te preocupes, todo irá bien. Sabes que ha madurado mucho en estos últimos años, la Rachel de ahora no golpearía al príncipe con un objeto contundente para asesinarlo, no. Se meterá en su cabeza para despedazar su mente, despacio sin prisas. 

—¿De verdad…? ¿De verdad crees que se quedará contenta solo con eso? ¿No sumirá el reino en el caos después de trinchar al príncipe con un cuchillo?

—¡Confía en nuestra hija, Iseria! Es una chica muy lista, no se condenará a sí misma. Destruirá al príncipe sin mancharse las manos. —Pese a su confianza, no tenía idea de lo que planeaba su hija; ni siquiera sabía si el susodicho príncipe sobreviviría. 

No veía ningún modo de manejar la situación, sólo podía sentarse y observar cómo se desarrollarían los acontecimientos.

—Duque, siento interrumpir, pero… — Por la puerta entró la amiga de la infancia de Rachel y criada de la mansión, quien se inclinó ante él.

—Ah, Sofia. Has llegado en el momento perfecto. ¿Has escuchado ya las noticias?

—Sí, por supuesto, mi señor.

—Me dirijo a palacio para apelar esa sentencia, y me gustaría que me acompañaras; si no podemos sacarla de allí, al menos nos aseguraremos de proveerla con sus pertenencias y hacer su estancia más agradable. Si alguien presenta alguna objeción, haré uso de mi autoridad.

Sofía y Rachel tenían una buena relación, por lo que imaginaba que ella le ayudaría con los preparativos necesarios. La apresaron en el banquete, por lo que necesitaría un cambio de ropa y algunos utensilios más para «acomodarse». 

—No será necesario, duque, todo está dispuesto.

—¿Ya está todo listo? Tal como esperaba de ti.

—Sí. Ya preparamos todo y se lo llevamos a la señorita.

—Ya veo, eso sí que es eficacia… Espera, ¿qué? ¿Ya lo habéis llevado? —Se la quedó mirando estupefacto, no tenía sentido, pero las otras criadas que la acompañaban asintieron. 

—La señorita sabía que esto iba a ocurrir desde hacía mucho, por lo que preparamos suficientes provisiones y sus pertenencias necesarias para vivir cómodamente durante tres meses. Esta mañana lo llevamos todo a la prisión real. — Respondió confiada, como si aquello que explicaba fuese de lo más obvio.

En realidad, las criadas de Rachel en ocasiones eran mucho más arrogantes que ella misma, y ésta era una de esas ocasiones

—Ehm… ¿qué? —El duque se quedó anonadado, miles de preguntas sin respuesta recorrían su mente, pero, por suerte, logró mantener la calma y plantear lo más urgente—. Espera, ¿me estás intentando decir que ya sabía que ocurriría? ¿Por qué no hizo nada al respecto? Además, ¿cómo conseguisteis colar en palacio provisiones para tres meses?

—La señorita recibió la información sobre los planes del príncipe, pero no tenía claro si lo iba a llevar a cabo o no—contestó, de nuevo, como si fuese evidente—. Cuando se enteró de eso, la señorita, literalmente, dijo: «Una vez ese idiota acabe con el compromiso y anule mis responsabilidades, tendré libertad para hacer lo que yo quiera durante un tiempo, ¿verdad? ¡Suena genial!» 

—Rachel…

—Organizó todo para que, una vez cancelado el compromiso, sus caballeros se infiltraran en el palacio real, de modo, que fue muy simple disfrazar de servicio público la entrada de los suministros.

—¡Rachel…! ¿¡En qué demonios estabas pensando!? —Se sentía aliviado al constatar que su hija seguía poseyendo ese ingenio que la caracterizaba, pero, al mismo tiempo, le aterraba la extensa e impenetrable oscuridad que se había asentado en su corazón.

Dirigía una red de informantes encubierta de la que ninguno había oído hablar hasta el momento. Es más, había logrado proveer suficientes recursos para tres meses sin siquiera levantar sospechas. No le sería muy difícil encubrir un asesinato con esa capacidad de actuación.

—De todos modos, apelaré su sentencia.

—Por favor, siéntase libre de hacer lo que desee.

Decidió fingir que no la había escuchado su impertinente respuesta.

*Créditos*

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